martes, 4 de diciembre de 2012

"Sueños entrelazados"



Cuando alguien en la vida se crea sueños y se llena de expectativas, suele ser muy doloroso no llegar a recibir ni alcanzar ninguno... Muchas veces esperamos más de lo que sabemos que vamos a recibir... Y sin embargo seguimos alimentando falsos deseos, esperanzas y anhelos, pensando que tal vez las cosas en algún momento van a cambiar.

Así es la historia de Diana, una joven hermosa, blanca, de cabellera larga y rubia, quien vivía en una ciudad grande y majestuosa, estaba algo sola, hacía tiempo tal vez mucho tiempo que no tenía novio, ella era bastante solitaria. Hasta que, en una tarde cálida con el sol en pleno crepúsculo, saliendo de la rutina de su trabajo conoció a Miguel, un chico apuesto, blanco de cabellos negros, usa lentes, es un bohemio, él llevaba algunos libros en sus manos, cuando le sonrió a la chica y ella se sintió fuertemente atraída por aquel hombre, parecía por un momento que era lo que tanto le había pedido a Dios, el sujeto parecía un príncipe.

Él la abordó con cortejos de hombre conquistador y la siguió un rato diciéndole que quería conocerla, hasta que ella al fin se detuvo y se presentaron.... Desde ese momento se gustaron, caminaron por un largo rato, pasado ya un par de horas, fueron a un café-bar cercano, la tarde noche se prestó para tomar otras cosas, pero menos para un caliente capuchino.

Hubo pocas palabras entre ellos, tal vez unos cuantos diálogos de romance, pasión y con un toque de lujuria. Se marcharon de allí y con el transcurrir de los días  siguieron el contacto por teléfono, y palabras iban y venían cargadas de emociones y muchas travesuras. No pasó mucho tiempo para el encuentro entre ellos, para que dos cuerpos sedientos, saciaran la sed y la atracción carnal que hubo.

Todo ocurrió en una noche de fiesta en la casa del intelectual, él la llamó para invitarla a disfrutar del evento entre amigos, en la jornada hubo alcohol, música... hasta un buen rock se dejó escuchar. La noche parecía transcurrir lenta, los relojes en su andar lo hacían de manera pausada. Los cigarrillos no faltaron en su consumir, parecía que en la última bocanada se apagara una luz  en aquella enorme  ciudad.

Mientras muchos estaban placidamente en los brazos de Morfeo. Los enamorados, Diana y Miguel, empiezan a disfrutar del juego del placer, bajo los efectos del whisky y de las buenas melodías, se entregaron a la pasión. Mientras él le susurraba al oído que la deseaba, que era una mujer divina y esplendorosa en todos sus aspectos, se fundieron dos almas sedientas de amor y placer en aquel lugar.

Al llegar el amanecer, entre las sabanas dos cuerpos desnudos reposan de una larga jornada de sexo, y al entrar la luz por la ventana, él se levanta para darse una ducha mientras ella seguía entregada al dios del sueño. Ella no percató su ausencia, después de unos largos minutos él volvió, mientras se vestía, ella despertaba llena de suspiros, había pasado una noche genial, algo incompleta, pero llena de satisfacciones. Y fue en ese momento cuando ella le dijo: “buen día, como amaneciste”, él le respondió: “hola estoy bien, me imagino que tú si estás cansada”, a lo que ella contestó: "si supieras que no" mientras se disponía a levantarse de la cama. Y cuando se  estaba vistiendo, él la observaba como si fuera la primera vez. Miguel no podía apartar sus ojos del cuerpo de aquella mujer que le regalo una noche inolvidable. La chica por su parte, se arreglaba el cabello, se aplicaba maquillaje  y el joven solo la miraba.

Una vez listos para salir, Miguel detuvo a Diana del brazo y le dijo: “hay algo que tengo que confesarte”. Ella algo impávida le dijo: “si dime”, él  le comentó que tenía una relación de pareja desde hace muchos años con otra mujer, que llevaban algo de tiempo juntos y en sus planes estaba casarse con ella.

Diana quedó enmudecida no podía creer lo que estaba oyendo, solo le dijo vámonos. En todo el camino no uno cabida para ninguna palabra. Miguel solo la miraba con ganas de decirle algo pero el silencio entre los dos era más fuerte que no hubo oportunidad.

Al llegar al final del camino, hasta donde él la acompañaría, el hombre satisfecho, esbozó una pequeña sonrisa y le expresó a la chica perdóname, pero quiero volver a verte. Diana seguía callada, aquellas palabras estaban resonantes en su mente. Ella se la abalanzó encima, dándole un fuerte abrazo y le respondió que sí, que probablemente volverían a verse, en ese momento se dijeron adiós o hasta pronto.

Al darse la media vuelta, la chica no pudo evitar las lágrimas que brotaron de sus ojos, solo pensaba que lo más seguro es que no volvieran a verse más, pues ella no quería ser la tercera en esa relación.

Sin embargo, pasó poco tiempo para el reencuentro, solo dos semanas bastaron y los amantes vuelven al ruedo, sus deseos carnales fueron más fuertes que la razón. Cada encuentro era más amoroso que otro, ellos dormían abrazados, se besaban cada vez más. Había risas entre los dos, los momentos fueron “divinos” para Diana. Ella experimentó cosas del sexo que no había hecho con nadie, situación que a él le fascinaba que ella le hiciera el amor.

Su romance no tardó en acabarse, a pesar de lo bien que la pasaban juntos. El tiempo se quedó corto, para todas las cosas que pudieron haber experimentado. Ya han pasado un par de meses y Miguel  nunca más buscó a Diana.

Ella con algo de dolor, le cuesta aceptar ese adiós, para ella es difícil pasar la página, pero sabe que tiene que hacerlo, y lo peor es que jamás pudo obligarlo hacer nada, sabiendo ella la posición en que estaba, muchos menos pudo reprocharle que no la buscara, que la quisiera y mucho menos que la amara.

Ya han pasado varios meses y ella a través de una misiva le dejó una frase muy famosa de un escritor y pintor francés Renoir “las cosas al ser poseídas pierden el valor que tuvieron al ser deseadas; porque el deseo es un artista engañador”.

Cada segundo, minuto cuenta para la vida de Diana, ella degusta un vino tinto y piensa “tiempo al tiempo”. Pronto  las cosas volvieron a su lugar. La monotonía reina en el quehacer diario de Diana, nunca supo si Miguel leyó su carta, jamás lo volvió a ver.

En una tarde, cuando salía de su jornada diaria de trabajo, ella sale algo tarde puesto que está lloviendo a cantaros en la ciudad, aún así ella decide vivir su odisea para llegar hasta su casa,  y con su paraguas en mano emprendió el camino.

Cuando estaba parada para cruzar la calle, esperando que cambie la luz del semáforo, está completamente mojada no puede evitar reírse por un instante de su momento, piensa “es parte de la vida”, y de repente un hombre bastante apuesto se tropieza con ella y le sonríe diciéndole: “hola que hermosa eres”, ¿será que puedo conocerte? me llamo Jhon, en ese instante cambia la señal de tránsito, y ella le devuelve la sonrisa y le dice adiós...

sábado, 29 de septiembre de 2012

"El vacío"



Anoche soñé contigo, hacía tiempo que no lo hacía… me pareció tan real, creo que ha sido uno de los mejores sueños que he tenido en mi vida, de solo recordarlo me provoca el llanto. Te vi, te abracé, te besé, pude oir tu voz. No sabes cuanto sufro por ti, cuantas ganas tengo de verte. Hace años no sé nada de ti. Y me pregunto muchas veces ¿dónde estás?, deseo tanto verte, si vieras como me quemo por dentro, como una llama que arrasa con todo a su pasar. 

Mantengo la fe en mi vida de que algún día te voy a ver, de solo pensarlo me desespero, anhelo que ese día llegue pronto, créeme que no he podido arrancarte de mi alma, ya llevo dieciséis años amándote en silencio. Porque a pesar de que vivimos una corta historia de amor, aun te amo, o por lo menos eso es lo que me grita el corazón, a veces he querido sacarte de vida, expulsarte, borrarte y olvidarte definitivamente, pero no sé el porqué me siento atada a un sentimiento que sé de alguna manera no es recíproco.

Me duele amarte, parece una tortura en mi vida. Todas las noches le pido a Dios que me ayude a olvidarte. No sé qué influencia tienes en mi vida, que no puedo lograrlo. Y esto que siento lo llevo en mi alma, como quien carga una pena y el dolor de perder un ser querido.

Quiero encontrarte, quiero verte, para abrazarte y decirte con susurros al oído que te amo, y no sé si algún día deje de hacerlo. Creo que estoy sufriendo sola. Lo sé.

En cada momento de mi día, en mi rutina diaria, anhelo que estés conmigo y quedar juntos como un final de cuentos. 

Hay veces que pienso que no te volveré a ver jamás, y esa idea me duele mucho, siento un hueco en mi alma, sé que si no nos volvemos a ver voy a quedarme con ese vacío en mi vida… quiero gritar tu nombre…
Si supieras cuantas veces he soñado que tú y yo nos reencontramos y es bonito todo entre los dos… te necesito, no sé si para que te quedes en mi vida definitivamente, pero necesito verte… 

El tiempo se agota. Pasan los años, meses, semanas, días, horas, minutos y segundos  y aún sigo sin verte. Sigo sin saber dónde estás, qué haces y qué ha sido de tu vida en todo este tiempo sin vernos. La verdad siempre me he preguntado si me recordarás…
Este vacío me está matando, nadie ha logrado extinguirlo de mi vida, ni siquiera yo misma. Aparece por favor necesito verte, dale a mi vida ese matiz de color que le hace falta, ahora todo es demasiado gris… vuelve, vuelve… mira que la vida no me importa sin ti. Ya llegué a un punto que nada valgo, nada tengo si tú no estás aquí…

Te esperaré aunque el tiempo me consuma y me acabe… esperaré por ti… porque nadie llenará este vacío que tú dejaste en mi vida cuando te fuiste.. y sé que algún día nos volveremos a ver…. Lo sé… y lo esperaré ansiosamente.

jueves, 11 de agosto de 2011

“Un recuerdo hermoso”

Llego el alba. Vislumbra un hermoso día soleado, radiante con todos sus colores. Un grandioso comienzo de semana para una mujer enamorada, es trabajadora, está llena de optimismo y con muchas ganas de ir siempre en busca de su norte. Natalia se despierta contenta, hoy tendrá, una vez más, la cita que ella tanto espera y anhela. No hace otra cosa que pensar en ello, de su mente no sale el recuerdo, el deseo de encontrarse de una vez por todas con su amor, no es cualquier hombre, es Andrés... él es lo que ella más ha amado, ama y amará...

Él por su parte, la ama también. Ella está ansiosa por reencontrarse con su amor, ella  sabe el lugar donde él está... Pero por ahora no puede ir a buscarlo, además pronto se verían, no faltaba mucho para reunirse.

Desde que ella lo conoció, se enamoró perdidamente de ese joven. Fue en una tarde en unas fiestas de calle en la ciudad. Andrés pasó frente a ella, sin percibir su presencia, Natalia  por su parte, quedó prendada de aquel chico como una tonta, cuando solo tenía 16 años. Ambos tenían la misma edad.

A partir de ese momento transcurrieron una serie de eventos en los cuales se vio inmersa Natalia con Andrés.  Con el pasar del tiempo, él alcanzó a notar su presencia porque alguien le dijo que ella estaba enamorada de él y al saber de los sentimientos de ella, cual niño e inmaduro que era, cada vez que la veía hacía algún gesto de amor y desprecio. Le lanzaba un beso y luego se iba en su carro riendo. Es chocante, pedante y hasta despectivo. Es bastante presumido y creído porque sabe que es muy apuesto.

Pero es el hombre de quien Natalia se enamoró. Ella cree que cuando lo vio Cupido solo la flechó a ella. Pasaron un par de años tal vez, para que Andrés por fin decidiera voltearse en serio a ver a Natalia. Un amigo en común los presentó e hizo que ese par se dieran la oportunidad de conocerse. Él después de una larga charla la invitó a salir, y ella no podía creer que su sueño se hacía realidad. La noche del encuentro, Natalia se puso su mejor ropa, se llenó de accesorios femeninos, todo para verse coqueta y muy atractiva ante los ojos de Andrés. Fueron a un restaurante a cenar, llegaron a un lugar bastante sencillo, pero muy acogedor. Ahí pidieron algo de comer, y de beber unas cervezas... mientras transcurría el tiempo, Natalia estaba clavada en los ojos del joven apuesto, hablaron durante largo tiempo, él de sus cosas, su trabajo, sus pasatiempos. Rieron toda la noche, hasta que Andrés le preguntó a ella sobre los sentimientos que albergaba hacia él. La chica enseguida se ruborizó, aún así ella le habló con el corazón abierto, de todo lo que sentía, sin pena, sin dudas, desahogó todos sus sentimientos en aquel lugar.

Andrés como no sentía nada por la chica, esbozaba una pequeña sonrisa en su boca. Tal vez pensaba que boba es esta chama, mira que declarársele así a un hombre... Ella después de unos cuantos minutos hizo silencio, tomando un sorbo de su bebida. Los dos se quedaron enmudecidos. Él pidió la cuenta y se marcharon. Cuando la llevaba a su casa, Natalia estuvo callada por todo el camino. Andrés le preguntó qué si algo le pasaba, ella con voz pasiva respondió: no, no tengo nada... Pues sí tenía algo, estaba muerta de pena, tenía baja su moral después de aquella confesión de amor.

Ella se reprochaba una y otra vez que lo hubiera hecho mal, y de seguro Andrés no iba querer volver a verla, por esa actitud tan niña que había adoptado en el restaurante. Finalmente, cuando llegaron ella le dijo: “gracias por todo y disculpa lo malo” cuando se disponía a bajarse del auto, él soltó la risa, mientras la sostenía del brazo y le dijo " espera por favor" ella se volteó mirándolo con los ojos llenos de lágrimas. Le contestó “dime” y  Andrés, con una sonrisa tierna en su cara le comentó "quédate tranquila, no hay nada que perdonar”. Al contrario, “gracias por esta noche tan especial”; ella dibujó una sonrisa en su rostro y él se abalanzó sobre ella dándole un abrazo y un beso en los labios. Para Natalia se había detenido el tiempo, estaba como en las nubes... Cuando abrió sus ojos, Andrés la miraba fijamente y le dijo: “me gustaría volver a verte”  ella le dijo que sí sin dudar.

Desde ahí comenzaron una relación de amigos, que con el pasar del tiempo se convirtió en amor de pareja. Se amaron como nadie, se convirtieron en uno solo, hay tanto amor entre ellos dos, que irradian felicidad a donde van. Pero el tiempo no jugó a favor de él. Andrés le ocultó a su amor una terrible enfermedad que padecía, él no quería que ella sufriera. A pesar de todo consolidaron su amor, lograron casarse y hasta tener un hijo, al que llamaron Joaquín Andrés.

Son las 10:00 am, ya es algo tarde para Natalia esta apurada cree que no llegará a reencontrarse con Andrés como había quedado con él. Ella sale corriendo, toma el primer taxi que ve, hace que se detenga en una floristería, le quería comprar las rosas rojas que tanto le gustan a Andrés. Cuando hace su última parada, Natalia está ahí parada en medio del campo santo, llevándole flores a su eterno amor quien en vida estuviese de cumpleaños y ellos de aniversario. Ella se arrodilla llorando, ante la lápida que lleva por escrito: “La vida no es igual sin ti, me hace falta tanto que estés aquí amor mío, sabes que nunca te olvidaré, siempre serás mi gran amor y sé que algún día volveremos a estar juntos, eres el recuerdo más hermoso que tengo.” te amamos tu esposa e hijo.

domingo, 26 de junio de 2011

"El amor entra por los ojos"


El tránsito está infernal. El astro rey se ubicaba en un punto en la cual sus rayos penetraban sin compasión la piel de las personas, que circulaban de un lado a otro recorriendo los cuatro puntos cardinales del país. Haciéndoles sentir que estaban el mismísimo infierno.

Jorge Luis, es un joven abogado que ya ha alcanzado la cumbre del éxito. Ganó mucha fama, por haber resuelto casos muy complejos. Hoy en día, este hombre talentoso es reconocido, por la gente, a donde quiera que vaya. Es mediodía y él está dentro de su carro último modelo, pasando calor puesto que el aire acondicionado está descompuesto. El saco y la corbata lo ahogan. Mientras se despoja de ellos. Ve pasar una linda chica por la calle, la cual lo impresiona y lo deja tan prendado que tarda en reaccionar cuando cambia el semáforo.

Él, no puede creer que tanta belleza pueda albergar en una sola mujer. Ella es blanca, de medidas perfectas, su cabello es marrón, largo y lacio. Tiene los ojos azules y sus facciones son de cual chica europea. La joven parece una muñeca. Como si hubiese sido diseñada y esculpida por un escultor. Era la mujer más bella que había visto Jorge Luis.

Por ello, se dijo a sí mismo que tenía que conocerla. Y literalmente detrás de ella. Él en su carro y ella caminando. Observó que la chica tan hermosa entró a un centro comercial de esos tantos que hay en la ciudad, estacionó su carro cerca. Entró al lugar y empezó a recorrerlo de punta a punta, caminó y buscó como quien busca una aguja en un pajar. Hasta que dio con ella. Fue así como se presento: me llamo Jorge Luis García, soy abogado, tengo 30 años y estoy soltero. La chica algo impávida, le dice ¡ah ok! ¡Chévere! Él por su parte, continúa en pescar a la joven cual cazador furtivo. Le dijo desde que te vi no pude sacarte de mi mente, sé que es no fácil decir esto, sin pensar que lo puedas tomar a mal. Pero quiero que sepas que deseo conocerte.

Ella con voz pasiva y bien serena le dijo: está bien. Yo me llamo Carolina Gutiérrez, tengo 27 años y soy periodista.

Él, enseguida la invitó a tomar un café para seguir conociéndose. Ella por su parte contestó: ¿a esta hora café? Mejor nos vamos a un sitio donde podamos relajarnos y hablar mejor. Se montaron en el carro del chico y se fueron a una café-bar. Cuando llegaron se pusieron a gusto. Era un lugar tranquilo, iluminado por las velas que posaban en las mesas, había buena música de fondo, estaban oyendo jazz.

Al llegar el mesonero les tomó la orden. Pidieron una botella de vino tinto chileno. Era el preferido de ambos. Mientras transcurría la noche, hablaron de sus gustos, sus metas, sus deseos, amores pasados, entre otros. Iba y venía más vino tinto para la mesa.

Pasaba la media noche. Ya la pareja estaba algo ebria, habían consumido cuatro botellas de vino tinto. Casi ni podían sostenerse de pie. El afamado abogado pidió la cuenta. Y mientras él cancelaba en la caja, Carolina lo esperaba como cual ninfa quiere atrapar a su Dios. Se subieron en el carro y él le dijo: ¿ahora a dónde quieres ir? Y ella le respondió: llévame a donde tú quieras.

Empezaba la noche a mostrar su lado oculto. Y Jorge Luis no tenía ni la menor idea que ese sería su último momento de felicidad.

Llegaron al hotel, uno de esos tantos que hay en las avenidas de esta ciudad de la furia. Una vez en el sitio, empezaron a despojarse con pasión de cada prenda que poseían. La noche se hacía corta para esta pareja que empezaba a conocerse desde las entrañas y sin protección le dieron rienda suelta a la pasión.

Entre besos, caricias, pasión y lujuria. Los dos cuerpos se entrelazaban y se fundían en uno solo. A media luz la habitación. Cada segundo que transcurría se iban acelerando los corazones, los gemidos no paraban de escucharse. Ella gritaba de placer ¡aaah!, ¡aaah! Y mientras las agujas del reloj no paraban de girar. La efusión y el deseo entre los amantes no cesaban ni un solo instante.

La mañana llegó. Él tenía una enorme sensación de felicidad, como si hubiera ganado un caso legal. Mientras observaba aquella hermosa mujer que dormía entre sus brazos, pensaba que había sido esplendido ese momento. Que aún no creía que había vivido y quería que volviera a repetirse. Pero no fue así. Carolina esa mañana se despidió y se esfumó de su vida.

Él por su parte continuó con su rutina, el trabajo, reuniones, compartir con los amigos y preguntándose siempre ¿en dónde está? La buscó por todas partes, la llamó pero, ella jamás apareció. Jorge Luis no podía creer que esa mujer se hubiese escapado de su lado.

Pasaron algunos meses, exactamente cinco, cuando el abogado se indispuso. Tenía malestares generales desde hace tiempo atrás, como: fiebre, dolor de cabeza, dolor de garganta, pérdida peso, glándulas inflamadas y erupciones en toda la piel. Parecía no tener nada grave puesto que estos síntomas son similares a una gran variedad de enfermedades. Pero ya no era normal que esto le durará tanto. Decidió verse con un médico y fue a la clínica más cercana a su departamento y se practicó una serie de exámenes de sangre. Cuando culminó el doctor le dijo que viniera la semana siguiente a recoger sus resultados.

Al llegar el día esperado, Jorge Luis fue a buscar sus análisis. Su sorpresa mayor fue el momento en que el galeno le leyó sus exámenes y le comunicó que había sido infectado por el VIH, que estaba bastante avanzado y grave. Si tenía una buena alimentación y un buen cuidado de su organismo podría vivir tal vez un año. La expresión facial de aquel hombre fue como cuando sale toda la sangre del cuerpo

Al salir de ahí, se puso a llorar como un niño, y empezó a maldecir a la mujer que le había rebatado la vida de las manos, como una ladrona de sueños. Entró al primer bar que encontró en su camino. Pidió un whisky, después otro y así sucesivamente, hasta ser el último en quedar en el lugar. Estaba tan embriagado que no podía sostenerse de pie y mientras lo arrastraban del sitio gritaba una y otra vez: “Carolina maldita zorra, puta, desgraciada deberías morirte maldita perra”. El encargado del establecimiento lo envió de vuelta a su casa en un taxi,  el desdichado hombre no podía manejar.

Pasaron diez semanas y Jorge Luis falleció a consecuencia del Sida. Fue la noticia del día, la gente se sorprendió mucho por la muerte del famoso abogado, puesto que era muy joven, y lleno de vida.

Los días transcurrían y la muerte de aquel hombre seguía dando de qué hablar. Los medios impresos y agencias de noticias hicieron del deceso del joven un acontecimiento. Justo por la principal circunstancia en la cual había fallecido. Se produjeron noticias, reportajes, documentales, entre otros.  

Nadie se quedó sin hacer algo al respecto, y la excepción no fue el diario  “Noticias al día” en donde trabajaba una joven y brillante periodista experta en reportajes. En una jornada más de trabajo, el jefe del medio le indicó a la chica “Carolina Gutiérrez, te toca hacer un reportaje sobre la muerte del abogado que ha dado mucho de qué hablar, el que se llamaba Jorge Luis García”. Y ella con sonrisa pícara le contestó: “claro señor López, yo con todo el gusto cubro el reportaje”.

miércoles, 8 de junio de 2011

“El último adiós”

 Llovía como nunca. Ella estaba entregada en los brazos de morfeo. Olvidando todo quehacer en su vida. Era un día más en la vida de Paula, una chica de 29 años, jovial, de buen espíritu y con ganas de triunfar. Paula estaba cansada de su rutina diaria, del trabajo y su casa. Ya no hallaba de qué forma cambiar su estilo de vivir, que se la consumía día a día, como quien se fuma un cigarrillo, que se acaba en cada bocanada.

La mañana estaba fría y muy nublada, pues es normal en esos días en Nueva York, pareciera que está a punto de nevar. Paula se levanta de su cama, por fin decide soltarse de los brazos de morfeo quien la tenía cálidamente en su regocijo. Cuando mira la hora se asusta es muy tarde, y cree que perderá su trabajo ya que no es la primera vez que llega retrasada, y es entonces cuando se da cuenta que es domingo, un día hermoso a pesar de estar algo gris. Ella resuelve hacerse un café y sentarse al frente de su computador a revisar sus correos, sus recuerdos, toda su vida está ahí. Mientras tomaba un sorbo de café caliente y estaba arropada por una manta que le proporcionaba calor, veía parte de las cosas que marcaron su vida y que aún le costaba olvidar. Fue entonces cuando decidió abrir aquel baúl de recuerdos que tanto había temido destapar desde algún tiempo atrás. Y pasó lo que ella había evitado tanto, reencontrase con el recuerdo de ese amor que un día le destrozó su vida. Sí, era él, el hombre que ella tanto amó y que aún ama. Han pasado ya seis años sin saber nada de Carlos, y sin saber si está bien ¿Dónde está? ¿Cómo está? ¿Por qué se fue? ¿Por qué la dejó sin decir adiós? Y ¿con quién está? Son las preguntas que se hace Paula a cada instante. 

Con valor leyó cada carta que había escrito a su amor. No pudo evitar las lágrimas que brotaban de sus ojos. Se entregó al sentimiento, como quien se entrega con pasión a un encuentro de amor, solo lloraba y lloraba. Hasta que decidió ponerle fin a esa tortura en su vida. Y resolvió en escribir una carta final, sin saber y sin tener la certeza de que ésta llegará a su destino. Pensó: “Carlos, este será mi último adiós”.
No era la primera vez que Paula escribía una carta para decirle adiós a aquel hombre que aún pernotaba en su vida y en su corazón.
Ya eran las 10.00 am, el clima seguía frío y sin ánimos de solearse. Ella empezó su travesía, no hallaba qué hacer, ni cómo empezar. Y desde lo más profundo de su ser tomó fuerzas e inició su “último adiós”.


Querido Carlos;
Espero estés bien, hace mucho tiempo ya no sé nada de ti, no sé qué ha pasado en tu vida desde la última vez que nos vimos y estábamos juntos. Solo espero que todo en tu mundo marche bien.
Hoy es un día muy nublado aquí en Nueva York. Está lloviendo y no pude evitar acordarme de ti, y rememorar aquellos días que pasamos juntos tomados de la mano caminando por las calles de París, cuando pasábamos unas hermosas vacaciones, y nos besábamos como dos adolescentes enamorados. Recuerdo esa tarde que nos sentamos cerca de la Torre Eiffel, en la grama y nos degustamos dos botellas de vino tinto francés, fue grandioso ver cómo nos embriagamos, realmente fue hermoso, nos reíamos de todos y de todo. Mientras nos decíamos cada palabra de amor entre susurros al oído. Ahí duramos horas y horas, el tiempo necesario para confesar que sentía el uno por el otro. No sé si recuerdas que después de ahí nos fuimos a un bar a seguir bebiendo. Recuerdo que ninguno de los dos sabía alguna palabra en francés y aun así empezamos a cantar sin saber qué decíamos, pues todo era risas entre nosotros dos. Aquella noche parecía interminable. Después del bar nos fuimos a nuestro hotel que estaba algo cerca ¿lo recuerdas? Y bajo esa noche plateada, nos dijimos de muchas maneras “te amo y nunca te dejaré”. Pero tú no cumpliste tu promesa. Me parece que fue ayer cuando te alejaste de mi vida sin decir adiós. No sé si sabías que eras la mitad de mi vida, lo que tanto había anhelado, eras mi complemento, lo mejor que me había pasado.

Hoy decidí escribirte esta carta y la verdad no sé el porqué, ya que las últimas que te envié nunca las respondiste, será qué no quieres saber de mí, será qué me olvidaste. Creo que soy yo quien se aferra a un sentimiento que se extinguió en el tiempo. Puede ser, lo que sé con toda franqueza es que yo si te amé. Te amé de verdad y con el corazón.

De mí, quiero que sepas que nada ha cambiado. Todo sigue igual en mi vida. Desde que tú no estás, mi tiempo se detuvo, como un reloj cuando deja de funcionar. En mi vida no ha aparecido nadie; creo que dentro de mi corazón albergo la esperanza de que vuelvas conmigo. Hay veces que te sueño venir corriendo hacia mí, y siento tus brazos cuando me estrechan y tus labios como se juntan con los míos. Si supieras cuanta falta le haces a mi vida, siento que no puedo acostumbrarme a estar sin ti. Tú sabes que te necesito. Estoy aquí sin poder despegarme de ti Carlos.

Tal vez te aburren mis palabras, y a lo mejor no te interesa saber mucho de mí, puesto que no sé nada de ti, nunca me has escrito… solo quiero que sepas que estás tatuado en mi vida. Y que para mí eres inolvidable. Siento que siempre te voy a amar.

Ya para despedirme, quiero decirte que deseo lo mejor para ti donde quiera que estés. No es fácil olvidar la historia de los dos. Tal vez el tiempo pueda ayudarme. Carlos, yo te esperaré hasta el fin si es necesario. Así sea en otra vida, yo volveré a reencontrarme contigo, ahí te esperaré.
Sin más nada que decir, se despide quien te ama, por siempre tuya.
Paula.

Una vez que Paula se desahogó escribiendo lo que sentía por su amor, se echó a llorar cual niña, tiene un deseo que no es cumplido. Ahí tuvo horas, sin despegarse del recuerdo.
Ya son las 5.00 pm, Paula aún no ha comido nada. Tocar el pasado en su vida, la desequilibró emocionalmente, pues, no es fácil decir adiós a alguien, ya que las despedidas que más duelen son las que son para siempre. 

Después de haber escrito su carta final. El último adiós. Decidió levantarse, recoger su carta y echarla por una vez más al buzón de correos. 

Ella cree que le ha puesto final a un capítulo de su vida con el hombre que más ha amado. Mientras depositaba su carta en el correo miró al cielo y dijo: “Dios, dame fuerzas para olvidar y seguir mi vida sin él”. Se dio la media vuelta y entró de nuevo a su casa.

Dos años después, todo en la vida de Paula sigue igual, esperando lo que no sabía si llegaría. Una tarde cuando regresaba de su trabajo revisó su buzón de correo y la sorpresa fue encontrar una carta para ella de Carlos, que decía:

Paula;
Perdóname por todo el daño que he hecho en tu vida. Llegaré pronto. Yo tampoco te he olvidado. Aún te amo.

Desde ese momento los días se hicieron largos para Paula, en la espera de su amor. Pasaron muchos años y  Paula nunca vio a Carlos, no sabe qué le pasó y por qué no llegó. Se quedó con ese vacío en su vida, que tal vez lleve hasta el día de su muerte. Que para ello faltaría poco. Paula ya tenía 84 años y padecía del alzhéimer, estaba en una casa hogar. Y era la única persona que no recibía visitas. Se quedó sola en el olvido. La espera y el tiempo se consumieron su vida.