martes, 4 de diciembre de 2012

"Sueños entrelazados"



Cuando alguien en la vida se crea sueños y se llena de expectativas, suele ser muy doloroso no llegar a recibir ni alcanzar ninguno... Muchas veces esperamos más de lo que sabemos que vamos a recibir... Y sin embargo seguimos alimentando falsos deseos, esperanzas y anhelos, pensando que tal vez las cosas en algún momento van a cambiar.

Así es la historia de Diana, una joven hermosa, blanca, de cabellera larga y rubia, quien vivía en una ciudad grande y majestuosa, estaba algo sola, hacía tiempo tal vez mucho tiempo que no tenía novio, ella era bastante solitaria. Hasta que, en una tarde cálida con el sol en pleno crepúsculo, saliendo de la rutina de su trabajo conoció a Miguel, un chico apuesto, blanco de cabellos negros, usa lentes, es un bohemio, él llevaba algunos libros en sus manos, cuando le sonrió a la chica y ella se sintió fuertemente atraída por aquel hombre, parecía por un momento que era lo que tanto le había pedido a Dios, el sujeto parecía un príncipe.

Él la abordó con cortejos de hombre conquistador y la siguió un rato diciéndole que quería conocerla, hasta que ella al fin se detuvo y se presentaron.... Desde ese momento se gustaron, caminaron por un largo rato, pasado ya un par de horas, fueron a un café-bar cercano, la tarde noche se prestó para tomar otras cosas, pero menos para un caliente capuchino.

Hubo pocas palabras entre ellos, tal vez unos cuantos diálogos de romance, pasión y con un toque de lujuria. Se marcharon de allí y con el transcurrir de los días  siguieron el contacto por teléfono, y palabras iban y venían cargadas de emociones y muchas travesuras. No pasó mucho tiempo para el encuentro entre ellos, para que dos cuerpos sedientos, saciaran la sed y la atracción carnal que hubo.

Todo ocurrió en una noche de fiesta en la casa del intelectual, él la llamó para invitarla a disfrutar del evento entre amigos, en la jornada hubo alcohol, música... hasta un buen rock se dejó escuchar. La noche parecía transcurrir lenta, los relojes en su andar lo hacían de manera pausada. Los cigarrillos no faltaron en su consumir, parecía que en la última bocanada se apagara una luz  en aquella enorme  ciudad.

Mientras muchos estaban placidamente en los brazos de Morfeo. Los enamorados, Diana y Miguel, empiezan a disfrutar del juego del placer, bajo los efectos del whisky y de las buenas melodías, se entregaron a la pasión. Mientras él le susurraba al oído que la deseaba, que era una mujer divina y esplendorosa en todos sus aspectos, se fundieron dos almas sedientas de amor y placer en aquel lugar.

Al llegar el amanecer, entre las sabanas dos cuerpos desnudos reposan de una larga jornada de sexo, y al entrar la luz por la ventana, él se levanta para darse una ducha mientras ella seguía entregada al dios del sueño. Ella no percató su ausencia, después de unos largos minutos él volvió, mientras se vestía, ella despertaba llena de suspiros, había pasado una noche genial, algo incompleta, pero llena de satisfacciones. Y fue en ese momento cuando ella le dijo: “buen día, como amaneciste”, él le respondió: “hola estoy bien, me imagino que tú si estás cansada”, a lo que ella contestó: "si supieras que no" mientras se disponía a levantarse de la cama. Y cuando se  estaba vistiendo, él la observaba como si fuera la primera vez. Miguel no podía apartar sus ojos del cuerpo de aquella mujer que le regalo una noche inolvidable. La chica por su parte, se arreglaba el cabello, se aplicaba maquillaje  y el joven solo la miraba.

Una vez listos para salir, Miguel detuvo a Diana del brazo y le dijo: “hay algo que tengo que confesarte”. Ella algo impávida le dijo: “si dime”, él  le comentó que tenía una relación de pareja desde hace muchos años con otra mujer, que llevaban algo de tiempo juntos y en sus planes estaba casarse con ella.

Diana quedó enmudecida no podía creer lo que estaba oyendo, solo le dijo vámonos. En todo el camino no uno cabida para ninguna palabra. Miguel solo la miraba con ganas de decirle algo pero el silencio entre los dos era más fuerte que no hubo oportunidad.

Al llegar al final del camino, hasta donde él la acompañaría, el hombre satisfecho, esbozó una pequeña sonrisa y le expresó a la chica perdóname, pero quiero volver a verte. Diana seguía callada, aquellas palabras estaban resonantes en su mente. Ella se la abalanzó encima, dándole un fuerte abrazo y le respondió que sí, que probablemente volverían a verse, en ese momento se dijeron adiós o hasta pronto.

Al darse la media vuelta, la chica no pudo evitar las lágrimas que brotaron de sus ojos, solo pensaba que lo más seguro es que no volvieran a verse más, pues ella no quería ser la tercera en esa relación.

Sin embargo, pasó poco tiempo para el reencuentro, solo dos semanas bastaron y los amantes vuelven al ruedo, sus deseos carnales fueron más fuertes que la razón. Cada encuentro era más amoroso que otro, ellos dormían abrazados, se besaban cada vez más. Había risas entre los dos, los momentos fueron “divinos” para Diana. Ella experimentó cosas del sexo que no había hecho con nadie, situación que a él le fascinaba que ella le hiciera el amor.

Su romance no tardó en acabarse, a pesar de lo bien que la pasaban juntos. El tiempo se quedó corto, para todas las cosas que pudieron haber experimentado. Ya han pasado un par de meses y Miguel  nunca más buscó a Diana.

Ella con algo de dolor, le cuesta aceptar ese adiós, para ella es difícil pasar la página, pero sabe que tiene que hacerlo, y lo peor es que jamás pudo obligarlo hacer nada, sabiendo ella la posición en que estaba, muchos menos pudo reprocharle que no la buscara, que la quisiera y mucho menos que la amara.

Ya han pasado varios meses y ella a través de una misiva le dejó una frase muy famosa de un escritor y pintor francés Renoir “las cosas al ser poseídas pierden el valor que tuvieron al ser deseadas; porque el deseo es un artista engañador”.

Cada segundo, minuto cuenta para la vida de Diana, ella degusta un vino tinto y piensa “tiempo al tiempo”. Pronto  las cosas volvieron a su lugar. La monotonía reina en el quehacer diario de Diana, nunca supo si Miguel leyó su carta, jamás lo volvió a ver.

En una tarde, cuando salía de su jornada diaria de trabajo, ella sale algo tarde puesto que está lloviendo a cantaros en la ciudad, aún así ella decide vivir su odisea para llegar hasta su casa,  y con su paraguas en mano emprendió el camino.

Cuando estaba parada para cruzar la calle, esperando que cambie la luz del semáforo, está completamente mojada no puede evitar reírse por un instante de su momento, piensa “es parte de la vida”, y de repente un hombre bastante apuesto se tropieza con ella y le sonríe diciéndole: “hola que hermosa eres”, ¿será que puedo conocerte? me llamo Jhon, en ese instante cambia la señal de tránsito, y ella le devuelve la sonrisa y le dice adiós...